Las tumbas de un “perverso” viaje.

Tres de la mañana y la alarma sonaba con ímpetu. Como si de ello dependiera su vida y casi. Me alisto con rapidez, aunque el encuentro en la estación es a las 4:45. La ansiedad invadía mi cuerpo. Hasta el momento no sabía si era porque iba a un lugar nuevo del que mucho había escuchado o porque realmente no sabía nada de aquel tan nombrado territorio.

Recuerdo haber tenido un poco de miedo, pues días antes había estado en medio de un paro armado. Por mi cabeza se cruzaba la idea de balas, petardos, sangre y muchos muertos.

Me acercaba a 56 masacres, “casi cuatro mil asesinatos políticos, doscientos mil desplazados, campos desolados”. Por mis ojos pasaron los retazos de titulares que bombardeaban de imaginarios a una tierra y a su gente. Uno, dos, tres peajes, cuatro y cinco frases que etiquetaban mi nombre en una tumba.

Así nos íbamos acercando, con las maletas llenas de mitos, dudas, sueños y un millar de cosas que se hacen perceptibles en aquellos instantes de silencio, a ese satanizado lugar del que muchos hablan, pero que pocos conocen.

Hay que reconocer que en esos silencios se siente la maleta más pesada. A veces creemos que con nosotros llevamos tan solo lo material, pero olvidamos que la carga más dura la hace nuestra propia levedad.

La insoportable levedad de una burbuja que te hace sentir seguro, pero que a la vez te aleja de esas realidades que alimentan y fortalecen conocimiento y habilidades que de otra manera no podrías aprender ni aprehender.

Mientras se restaban los kilómetros, se opacaba el ruido de aquellas voces de escritorio. Así me vi transitando pequeñas fronteras no como se atraviesan otras. A pesar de no haber palpado mi equipaje con mis manos, la maleta se hacía más y más liviana, no porque perdiera una parte de mí en el camino, sino porque iba callando las voces de cercanos y lejanos que cultivaban miedo. Pero sobre todo, mi voz, la voz de la duda que me preguntaba una y otra vez el sentido de aquel “peligroso” viaje.

Solamente tenía una liviana certeza − hasta el momento − las cosas nunca son como parecen. Los kilómetros avanzaban al igual el progresivo color verde de sus frondosos árboles. Uno, dos, tres mitos ahogados. Uno, dos, tres dudas echadas al olvido. Pasaban los minutos, con ellos pasaba el miedo y aumentaba mi curiosidad.

Al llegar a ese “perverso” lugar que todos recuerdan, de vez en cuando, por sus masacres, llegué donde tenía que estar. Llegué a una tierra de verdes senderos, de frutas por montones. Llegue a un lugar que aún no ha sido corroído por el llamado progreso de la modernización. Llegue a un lugar que abraza su cultura mientras que en otros lados, otros se endeudan por la cultura que no los representa.

Es entonces cuando te das cuenta que al final el único riesgo es que quieras permanecer allí. Permanecer en aquel paraíso de amplia diversidad de recursos naturales y culturales. Permanecer para aprender y aprehender con todos los sentidos que los Montes de María no es un campo de guerra, es un territorio donde se construyendo paz.

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Esta es una crónica de Nico Rueda, uno de los integrantes del equipo #NombrarLosDerechos, una propuesta para fortalecer el acceso a los derechos a la tierra y la propiedad en los Montes de María, Colombia. Un proyecto del Grupo de Investigación en Derecho y Ciencia Política de la Universidad del Norte, la Corporación Desarrollo Solidario y Vokaribe Radio apoyado por Open Society Foundations.

About The Author: Belén Pardo Herrero

Antropóloga de la radio, en clave de derechos. Twitter: @re_blen

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