La irrupción del arco iris

Por: Vivian Cuello

Marchar por sexta vez en Barranquilla para conmemorar el orgullo LGBT se volvió un acto suicida.

Luego de la masacre de Orlando, aparecer, mostrarse, defender y decir nuestros nombres resultó ser en estos días el temor de las familias. Se tramitaron los permisos a tiempo, se planteó el debate sobre la importancia de ir a marchar, se alistó la ropa, y después de seguramente un ceño fruncido acompañado de un “mijitx, cuídese”, salimos todos por las puertas de nuestras casas.

Ese miedo, que en parte había sido infundido por nuestros padres, fue objeto de procesamiento mental por algunos minutos mientras llegábamos al Parque Luis Carlos Galán, lugar donde nos habíamos citado y de donde saldría el recorrido de la marcha por las calles de Barranquilla. Una vez allí, empezamos a llegar uno tras otro hasta que se hicieron las 4 de la tarde; los saludos con viejas amistades y desconocidos, iban y venían. Todos, absolutamente todos, estábamos a la expectativa sobre lo que pronto sucedería, y estoy segura que a pesar de que llegaron camiones con policías, no había cuerpo que se salvara de pensar “ojalá nada malo ocurra”.

Las banderas ondeaban de un lado a otro, resaltaban los carteles con llamados a la igualdad y a rechazar los discursos discriminatorios del Procurador, de Vivianne Morales y de Álvaro Uribe, así como otros adornaban sus cuerpos con el lema “vive la diversidad, construye la paz”. Las parejas caminaban agarradas de la mano con tranquilidad y los besos no se hacían esperar; las personas trans fueron lo que son sin tapujos y no hubo nadie que no los reconociera. Por un momento todos fuimos libres de expresarnos sin temor a que un policía de esos nos golpeara o a que alguien más nos humillara. Por un momento, se los juro, fue una sociedad respetuosa. Viejitas se asomaban por los ventanales de sus casas y saludaban felices y animosas; me preguntaba por instantes qué pensarían al vernos pasar: ¿será que celebraban que, por fin, algunos decidimos alzar la voz, algo que ellos nunca pudieron hacer?

Fue un recorrido de aproximadamente 1 hora y media, en el que más y más amigos se nos sumaron, donde algunos caminaron por primera vez agarrados de la mano, y donde otros tantos decidieron soltarle la mano a lo que habían fingido ser por años. Las casi 3000 personas llegamos a la Plaza de la Paz a eso de las 5:45 p.m. Allí nos esperaba una tarima con música y presentadores.

Allí disfrutamos de un sinnúmero de actos simbólicos, de mensajes de amor, de bailes inolvidables y de dulces voces. Allí se quedó impregnado un recuerdo que nadie más borrará de nuestras mentes: se queda congelada la comodidad que muchos vivieron por minutos, el amor, la igualdad, la paz y la diversidad. Allí se quedan porque tarde o temprano es hora de volver a la realidad; una realidad que nos golpea, nos humilla, nos tira al suelo física y anímicamente, nos hace recordar que para los demás aún somos los “maricas” y las “areperas” que, a diferencia de los “correctos” no deben darse muestras de afecto en la calle, que aún somos los “enfermos” que nacieron en el cuerpo equivocado y que todos estamos equivocados. Una realidad que por ahora no se cuestionará sus modos de imposición ni sus inventos inquisidores. Una realidad que solo hasta dentro de un año el arco iris volverá a interrumpir.

About The Author: Belén Pardo

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