Las palmas que no aplaudimos

“Entre más nos adentrábamos, más perdidos nos sentía. No había nada; o mejor: no veía nada. Matorrales de un lado y otro de la vía; era una especie de jardín interminable, pero, a diferencia de los demás jardines que yo conocía, este parecía tener solo un tipo de siembra: troncos altos y delgados al igual que sus hojas predominaban en el paisaje. Me resultaba inevitable preguntarme a dónde se habían ido los cultivos de ñame, yuca y plátano de los que tanto hablábamos en las clases y que hacían –o habían hecho- a los Montes de María la más grande despensa agrícola de la Costa Caribe. Casi llegando al destino y como adivinando mi pensamiento, de un asiento cercano emergió un susurro: “palma, todo esto es palma. La palma africana”.

Desde la instalación de los pueblos indígenas y afros en los Montes de María, esta zona ha servido a la agricultura en forma de policultivos, y esto a su vez ha significado el sustento de vida tanto para los campesinos como para el resto de Colombia. Nuestro país ha comido por años de los diversos cultivos de esta amplia y rica región del norte del país; gran parte del ñame, la yuca, el plátano, entre otros alimentos, que encontramos en la tienda provienen de estas tierras montemarianas, que se consolidaron como la más grande despensa de alimentos de la Costa Caribe.

Sin embargo, en las últimas décadas, debido a la liberalización económica, Colombia entró a hacer parte de los países interesados en exportar un nuevo recurso que rompió con todos los esquemas: la palma. Originaria de África, de esta planta se extrae el aceite de palma, el aceite de palmiste y la torta de palmiste, los cuales se emplean en la elaboración de algunos productos de panadería, pastelería, heladería, aceites de cocina, jabones, cremas, grasas, tubería y maquillaje. Así mismo, para el cultivo de la palma son necesarias grandes extensiones de tierra, disponibilidad de recursos hídricos y un clima tropical.

Si bien la palma de aceite fue traída a Colombia en los años 30 y desde entonces los gobiernos han promovido su cultivo, no fue sino hasta hace unas décadas que revivió la idea insistente del cultivo de palma en los Montes de María debido a su demanda internacional, al creciente conflicto armado interno en la zona y a la expansión -por parte de los empresarios- de sus supuestos beneficios. Lo anterior llevó a muchos de los campesinos a vender sus tierras a empresarios por precios irrisorios; tierras que posteriormente serían destinadas al monocultivo de la palma.

Así mismo, más de un campesino arrendó sus tierras a empresarios abandonando los cultivos de pancoger y emprendiendo el cultivo de la prometedora palma.

La consecuencia inmediata del auge de la palma en los Montes de María fue el cese de los cultivos de pancoger, por lo que disminuyó el autosustento diario y la venta de bienes nacionales en los mercados de la región. Es decir, a pesar de contar con la tierra fértil para cultivos que todo el país necesita, los colombianos terminamos comprando nuestros bienes a extranjeros y no a connacionales. Connacionales que con el tiempo se decepcionaron de las promesas que muchos de los grandes empresarios les hicieron con el cultivo de la palma, pues en vez de mejorar sus economías, este cultivo ha generado grandes desgracias, como son el dominio de amplias extensiones de tierra por parte de palmicultores, el poder que han ganado empresas en la región al punto de limitar el uso de los distritos de riego –que originalmente fueron creados para los cultivos de los campesinos- y fuentes hídricas a los cultivos de palma, el terrible daño que causa el monocultivo de palma a la tierra, la extinción del hábitat a muchas especies, etc.

En definitiva, la palma terminó siendo una falsa promesa para los campesinos de los Montes de María; campesinos que hoy esperan pacientemente que las tierras que una vez destinaron en el pasado a la palma, se recuperen y vuelvan a ser fértiles en el futuro para poder sembrar de nuevo la yuca, el ñame y el plátano del que siempre han vivido y que nunca les falló ni nos falló a los colombianos, mucho menos a la cultura del intercambio tan recurrente en la zona, la cual está en vías de extinción con la palma.

Al final de todo, uno puede entender la dinámica de lo que sucedió. El ñame, la yuca y el plátano, a diferencia de la palma, son bienes de la canasta familiar. La agricultura, esa de la que uno puede vivir, esa que permitió el intercambio por décadas entre los campesinos, esa que suplió las responsabilidades del estado, es la que hace parte de la vida de los indígenas y afros que hace más de cien años llegaron a la zona. Esa agricultura que permanece en armonía con la naturaleza es la que la etnia zenú ha defendido por décadas. Esa agricultura es la que hoy campesinos defienden. Esa agricultura –no la del monocultivo de la palma- sí se aplaude.

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Esta es una crónica de Vivian Cuello y Pedro De la Rosa, dos de los integrantes del equipo #NombrarLosDerechos, una propuesta para fortalecer el acceso a los derechos a la tierra y la propiedad en los Montes de María, Colombia. Un proyecto del Grupo de Investigación en Derecho y Ciencia Política de la Universidad del Norte, la Corporación Desarrollo Solidario y Vokaribe Radio apoyado por Open Society Foundations.

About The Author: Belén Pardo

Comments

  • Reply Karen

    Qué chévere cuando somos los jóvenes quienes estamos inmersos en los proyectos.

  • Reply JENNY M

    Que triste saber que esas personas que nos proveen el alimento en las grandes ciudades no reciban nada a cambio, al contrario por la avaricia de otras personas los destruyan no solo a ellos si no a familias enteras. Que bueno que jóvenes como ustedes realicen estas crónicas, que muestran una realidad y que ojala en un momento ayuden para defender los derechos de estas personas y reconocer la importancia de la labor del campesino en Colombia

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